Ariadna sin ovillo

CULTURA 16 de mayo de 2021 Por Manuel del Castillo
Mira hacia atrás sintiendo el susurro de su nombre: “Ariadna”. Y tras ella solo hay colinas suaves, viñedos protegidos por olivos de origen milenario
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Ariadna está en la playa.

Sentada en la arena, descalza. Cubierta por un vestido blanco, ligero, leve como la brisa. La luz, intensa y mediterránea, no impide mirar al horizonte. Los ojos, perdidos en la distancia, otean el pasado: Creta, los palacios, los jardines laberínticos, el circo; los danzarines y los toros; finalmente Minos, su padre reinante. Todo queda en la distancia del tiempo, destruido por una doble fatalidad, ambas inexorables: la tierra que tiembla sin decir cuándo y el amor que ciega y arrastra.

 

“Teseo, ¿dónde estás?”

 

           Mira hacia atrás sintiendo el susurro de su nombre: “Ariadna”. Y tras ella solo hay colinas suaves, viñedos protegidos por olivos de origen milenario.

Ariadna”. Nuevamente el susurro, el susurro de un dios inaccesible. Un dios menor que la atrapa en el deseo, que ha ocupado su cuerpo una, mil, mil un millón, infinitas veces.

           Percibe su destino como la invasión constante, violenta, arrebatadora. Dionisio, el amor-horror, su inevitable raptor. Atrapada en su encarnación, en su embriaguez; Dionisio-hombre, trasgresor, carcelero.

           Recupera el foco de la mirada y fija, ahora sí, el horizonte, buscando velas blancas, las velas de la nave de Teseo. Teseo, amor-amor.

           Teseo roto, de rostro firme. Teseo, también inaccesible

Dios y hombre en su mirada. El dios que roba y rasga su cuerpo. El hombre que rompe su alma. El uno cerca, el otro lejos.

           Levanta su cuerpo y camina dejando que el rastro de su pisada se borre por las olas. Sus pisadas, como su pasado: le vio bailar ante el minotauro. Bailaba como nunca otro lo hizo. Saltaba ante el monstruo y el monstruo gritaba su impotencia y arremetía contra las paredes del circo. Teseo bailaba, el toro rompía en furias desatadas y ella, en su trono de princesa, notaba como el corazón volaba hacía el valiente danzarín. No sabía que era, como ella, hijo de rey. Burlaba al minotauro, símbolo y marca de un reino en pleno esplendor, dueño de un Mediterráneo de perfecta épica, su reino; y sin embargo aplaudía la burla del extranjero sintiendo la fuerza que la arrastraba de la tribuna a las mazmorras donde encerraban a los bailarines de la muerte.

           Y su amor le dio la llave que abriría la destrucción del monstruo sin saber que la tierra, en perfecta comunión con Teseo, arrasaría con un solo temblor, toda aquella cultura minoica que dio esplendor a ambas orillas del legendario mar.

           Minotauro y Minos, quedaron sepultados bajo los escombros de una civilización que jamás volvería a conjugarse como presente. Pero ella amaba al destructor: Teseo gobernaba su corazón y su nave con la misma habilidad con que sorteaba al toro.

           Como humano, aunque héroe, precisaba del descanso, también sus hombres.

Su pensamiento voló hacía aquella mañana en que avistaron la ensenada de Naxos.

Ahora sabía interpretar aquellas sensaciones que la avisaban de algún tipo de peligro. Recordaba la extraña mirada de Teseo cuando le expresó sus dudas ante la oportunidad de la recalada.

           Vuelve a escuchar el susurro: “Ariadna”. La voz melosa de quién abrasa su cuerpo. De nuevo las lágrimas, el hervir de la sangre, el rugir doloroso del deseo, de la búsqueda de la satisfacción constante. “Ariadna

           Ahora cierra los ojos, aprieta los puños y siente los brazos fuertes y aterradores.

Dionisio la arrastra al carro que la lanzará a las nubes y al vértigo; la dejará caer, una vez más, desde las alturas a una tierra que la ahoga.

           “Teseo, ¿dónde estás? Ya no recuerdo tu voz”. ¿Cómo son tus ojos?”.

¿Aún vives? ¿Dónde tus naves?, ¡Ven y baila ante el dios!, ¡Fascínale con tu danza!, rompe el embrujo, apaga mi ansiedad, devuélveme a tu barco, a tus velas blancas, a tu navegar sereno. Llévame a tu reino, ocúltame tras las murallas de Atenas.”

“Si vives, dame la vida”.

La noche acecha la playa. En el horizonte no hay velas, ni blancas, ni negras.

La noche enciende el espacio de música y olores. Baña de vino la tierra.

Retorna la danza que camina ritualmente hacía el éxtasis.

Ariadna”. La voz, ahora pastosa, insiste: “Ariadna”, “Ariadna” ….

 Manuel del Castillo

Miembro del Ateneo Libre de Benalmádena

“benaltertulias.blogspot.com”

 

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